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Mel Brooks, cien años de irreverencia feliz
Mel Brooks nació el 28 de junio de 1926, así que este mes de junio de 2026 alcanza el siglo de vida convertido en una de las figuras decisivas de la comedia moderna. No fue solo un provocador brillante: fue también un cineasta con una intuición prodigiosa para convertir la parodia en una forma de amor al cine, a sus géneros y a sus mitologías.
Su obra no envejece por nostalgia, sino por energía. Brooks entendió que la sátira podía ser al mismo tiempo feroz y popular, culta y disparatada, insolente y profundamente cinéfila. Ese equilibrio explica que todavía hoy sus películas sigan pareciendo libres, físicas y peligrosamente vivas.
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The Producers sigue siendo el gran acto fundacional. Allí aparece ya la osadía central de Brooks: atacar lo innombrable mediante el absurdo, no para banalizarlo, sino para ridiculizar su teatralidad monstruosa. Esa intuición, que combina mal gusto calculado y precisión moral, le dio un lugar único en la historia de la sátira.
Con Blazing Saddles y Young Frankenstein alcanzó quizá su cima. La primera dinamita el western clásico desde dentro, exhibiendo la violencia, el racismo y la estupidez del mito americano con una libertad hoy casi impensable. La segunda, en cambio, demuestra que la parodia puede ser también una forma de estilo: su blanco y negro, su ritmo y su amor por el terror clásico la convierten en homenaje, burla y obra autónoma al mismo tiempo.
Spaceballs, ya en los años ochenta, prolongó esa capacidad de leer la cultura popular como un gran escenario cómico. Brooks nunca fue un cínico: se reía de los géneros porque los conocía a fondo y porque, en cierto sentido, los veneraba. Al cumplir cien años este junio, su cine recuerda que la risa puede ser una forma muy seria de inteligencia, de memoria y de resistencia cultural.




