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Miyazaki; premio Princesa Asturias
El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026 concedido a Studio Ghibli invita a volver sobre la obra de Hayao Miyazaki, su figura más reconocible y uno de los grandes cineastas contemporáneos. No es solo un premio a un estudio de animación: es el reconocimiento a una forma de mirar el mundo desde la infancia, la naturaleza, la imaginación y una melancolía luminosa que rara vez cae en la nostalgia fácil.
Miyazaki ha construido una filmografía donde la aventura nunca se separa del asombro moral. Sus personajes cruzan bosques, ciudades encantadas, baños termales, castillos imposibles o mundos en ruinas, pero el viaje real suele ser íntimo: aprender a cuidar, a escuchar, a convivir con el miedo y a desconfiar de las respuestas demasiado simples.
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Mi vecino Totoro es quizá el ejemplo más transparente de esa poética. Apenas hay conflicto en el sentido clásico, y sin embargo todo importa: la espera del autobús, la enfermedad de una madre, el traslado al campo, la respiración de los árboles. Miyazaki entiende la infancia no como una etapa ingenua, sino como una percepción abierta a lo invisible.
En El viaje de Chihiro, la fantasía se vuelve una educación sentimental y laboral: un espacio regido por normas absurdas, jerarquías, codicia y contratos en el que una niña debe encontrar su nombre para no desaparecer. La princesa Mononoke, en cambio, desplaza esa mirada hacia un terreno más áspero, donde naturaleza e industria chocan sin soluciones cómodas.
Otra constante de Miyazaki es su desconfianza hacia la maquinaria bélica. Le fascinan los aviones, los engranajes y las máquinas, pero esa fascinación convive con una crítica muy clara a la violencia que las pone al servicio de la destrucción. En El castillo ambulante, el prodigio mecánico parece una criatura viva y herida; en El chico y la garza, el viaje fantástico nace de la pérdida, la memoria de la guerra y la necesidad de decidir cómo vivir.
Lo que distingue a Miyazaki no es únicamente la calidad de la animación, sino su confianza en el ritmo, en los silencios y en los gestos pequeños. Sus películas dejan respirar a los personajes: comen, corren, se cansan, miran por una ventana, se equivocan. Esa atención a lo cotidiano hace que lo fantástico no parezca una evasión, sino una extensión de la vida.
El reconocimiento a Studio Ghibli por parte de los Premios Princesa de Asturias subraya algo que los espectadores llevan décadas intuyendo: que la animación puede ser una forma mayor de pensamiento cinematográfico. Y en el centro de esa intuición está Miyazaki, un autor que ha convertido el dibujo en memoria, aventura y conciencia.



